Diego Luminaria registró una novela en el Registro de la Propiedad Intelectual de Madrid. Le atendió Matías. Una vez hecho el papeleo, le preguntó:
—¿Cuánto tardará la resolución?
—Unos seis meses —le contestó el funcionario.
Diego se extrañó.
—Otras veces me ha llegado en dos.
—Sí. Lo que pasa es que ahora hay mucha IA.
—¿Os llegan muchas obras escritas con IA?
—Ni te lo imaginas —le confirmó Matías—. Y encima, los supuestos autores se enfadan cuando las denegamos.
Ese era el motivo del retraso. No solo recibían más obras. Ahora, además de comprobar si eran originales, había que detectar que estaban escritas por una persona y no una máquina. Lo que complicaba las cosas. Diego y el funcionario empatizaron.
—Menudo panorama —le comentó.
—Aquí llega de todo —dijo Matías—. Desde gente que te recita poemas a pleno pulmón en medio del pasillo, hasta los que pretenden registrar un cuento de los hermanos Grimm.
El escritor le deseó suerte y le agradeció el celo registrador. En el fondo, suponía un alivio comprobar que había mecanismos para detectar el fraude.
Pero, ¿es un fraude escribir con IA? Hay muchos que la usan para documentarse, lo cual, no solo es legítimo, sino inevitable. Pero hacerlo en el proceso creativo suscita controversia, porque se sirve de lo que otros ya han escrito y aplana el resultado. Hay quien sostiene que, al alimentarla con recursos propios, la corrigen y moldean hasta sacar algo que parezca original. En esos casos, defienden que se trata de una obra personal, que la Inteligencia Artificial no habría sido capaz de concebirla si no hubiera sido porque estaba dirigida por un escritor de verdad.
Hemos asistido a casos recientes de obras alabadas por crítica y público, que posteriormente se ha sospechado que estaban escritas con IA, lo que ha provocado reacciones incómodas, cuando no escandalosas, como le ha sucedido a la novela C´était ça ou morir, del canadiense Thélyson Orélien, apartada de la candidatura al prestigioso premio Goncourt.
No negaremos que, bien manejada, la IA puede conseguir resultados notables. Lo que reivindicamos es el derecho a conocer si esa potente herramienta ha sido utilizada antes de abrir las páginas del próximo libro.
Así, la decisión de leerlo o no será solo nuestra.










